Leer, pensar y descubrir que no toda obediencia es virtud

 

 


Hace unas semanas encontré en Instagram una reflexión que quedó resonando en mí desde el primer momento: “¿Las mujeres que leen siguen siendo peligrosas?”. La publicación hablaba de cómo muchas mujeres leen en medio de la cotidianidad, entre interrupciones, en la cocina y entre pendientes; mujeres que, incluso sin tener “una habitación propia”, (como planteaba Virginia Woolf) encuentran en la lectura una forma de mover algo dentro de sí mismas. La compartí porque me hizo pensar en algo que históricamente ha sido profundamente limitado para muchas mujeres: el acceso al conocimiento. Y mientras contemplaba esa reflexión, pensé que había algo profundamente cierto en ella: leer no necesariamente nos hace más importantes que nadie, pero sí puede hacernos menos dóciles; menos dóciles frente a preceptos y normas que no estén basados en la equidad.

Y fue entonces cuando apareció una conversación que acentuó aún más la reflexión con la que había iniciado aquel día…

Un colega psicólogo, respondió al repost que hice expresando que cualquier persona (no solo las mujeres) que accede al conocimiento, para bien o para mal, puede desarrollar ideas propias e irreverentes; le expresé mi acuerdo, y le comenté que, sin embargo, el post hacía referencia sobre un proceso histórico, donde no siempre la lectura fue tan accesible para las mujeres dado que el control social quería impedir las consecuencias del saber.

La respuesta de mi colega ante mi ampliación hizo que emergiera algo que me llamó más la atención: la incomodidad frente a la idea misma de patriarcado; él expresó que discrepaba sobre la idea de que existiera un sistema “patriarcal” y adicional me dice de manera textual:

 “yo preguntaría, si existiera ese patriarcado, ¿Por qué le incomodaría que las mujeres leyeran?"

Le comenté entonces, como desde lo histórico se limitó el acceso al conocimiento a la mujer, a la vez que no recibían la posibilidad del ejercicio de sus derechos plenos, pasando mucho tiempo bajo sumisión y obediencia de leyes injustas, le mencioné como, por ejemplo, en Perú el derecho al voto para las mujeres se dio tan solo a partir de 1953 y fechas similares en Latinoamérica.

En respuesta (aun no me lo creo) él dice lo siguiente, “el derecho al voto de los hombres venía del deber que tenían de ir a guerra y morir si era necesario, cosa que no tenía la mujer, ella no estaba obligada a ir a la guerra, la ciudadanía se ganaba por la existencia de la guerra…”

Cuando leía esos argumentos, no podía dejar de pensar en algo profundamente contradictorio: la facilidad con la que ciertas formas de sometimiento se consideran asuntos del pasado, mientras muchas mujeres siguen viviendo en la actualidad exactamente bajo esas mismas lógicas, aunque con otros nombres y otros escenarios.

Por ejemplo, ese mismo día, antes de esa conversación, escuché decir  a  una mujer  en consulta psicológica, que hasta hace muy poco ella no había sido consciente de ser víctima de maltrato pues  “su esposo nunca le había pegado”, y que gracias a capacitaciones que recibió en el colegio de sus hijos pudo hacer consciencia del control económico, sometimiento emocional y maltrato psicológico que venía experimentando basada en la premisa  social en su contexto, “ que el hombre manda”, para ella  obedecer había sido  simplemente la forma correcta de existir.

Lo que empezó a mover necesidad de cambios en ella no fue una teoría feminista ni una discusión política. Fue la información-Formación. También la escuché decir, que el profesorado les dio como sugerencia que “no les dijeran a sus maridos lo que les estamos enseñando” … vale la pena preguntarse, ¿para quien se estaba volviendo peligrosa esta mujer?…

Cuando una persona accede al conocimiento y a la información desarrolla la capacidad para nombrar lo que antes toleraba sin comprender del todo, y cuando algo puede nombrarse, empieza a ser mucho más difícil sostenerlo como normal.

Todo esto me hizo recordar el cuento de Barba Azul, en su versión del libro, Las Mujeres que corren con los lobos, desde una imagen que es profundamente simbólica; una mujer recibe una llave y la advertencia de no abrir una puerta; pero la abre, y cuando accede a aquello que debía permanecer oculto, la llave queda manchada de sangre, no es castigada por destruir nada, sino por haber querido saber. Siempre me ha parecido que ese relato habla de la desobediencia femenina, pero sobre todo del costo que históricamente ha tenido para muchas mujeres acceder a la verdad.

El argumento de la primacía de los derechos de los hombres por encima del de las mujeres, sustentado en el ejercicio de la guerra, me llevó a pensar en  la novela,  1984 de George Orwell,  en donde se retrata una  idea  inquietante de  que se puede “borrar” la historia o más bien, la memoria  del mundo para modificar la realidad; y que para ello basta con reorganizar el relato social  hasta que ciertas cosas dejen de percibirse; pareciera que dentro del discurso memorial de mi colega, existiera algo similar, un borrado de memoria; porque mientras él cree que los hombres “ganaban” sus derechos yendo a la guerra, ignora en su narrativa el rol de la mujer en la historia,  aquellas  que sostuvieron hogares, que trabajaron en fábricas, que cosieron uniformes, que cuidaron heridos, que mantuvieron la vida  mientras el mundo se destruía.

Durante la Primera y Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, millones de mujeres ocuparon trabajos en fábricas de municiones, confeccionaron uniformes, trabajaron en el campo para sostener la producción de alimentos, y asumieron labores de enfermería en condiciones extremas.

En países como el Reino Unido, el movimiento de las munitionettes fue clave para sostener la guerra. (más de un millón de mujeres británicas que trabajaron en fábricas de armamento durante la Primera Guerra Mundial) sustituyendo a los hombres enviados al frente. Fabricaron el 80% de las municiones, bajo condiciones peligrosas, e incluso, expuestas a químicos tóxicos que teñían su piel de amarillo, ganándose el apodo de "Canary Girls".

Por todo lo anterior, creo que la discusión va más sobre la dignidad humana; sobre el derecho a participar del mundo, a pensar, a decidir y a nombrar su propia experiencia más allá de su sexo o género, porque cuando los derechos se entienden como algo que hay que ganar, se pierde de vista lo esencial: los derechos no son premios,  la dignidad no se negocia, ser sujeto de derechos no debería depender de una prueba, ese argumento además,  deja por fuera algo que históricamente es imposible ignorar, mientras los hombres iban a la guerra, las mujeres sostenían la vida.

¿Qué entiendes por sumisión y obediencia? ¿Es mala la sumisión y obediencia?

Me preguntó  mi colega; tal vez fue más un cuestionamiento, sin embargo, al respecto, entiendo que las normas como tal,  tienen un propósito; ahora bien,  una cosa es obedecer normas que protegen la vida y permiten la convivencia, por ejemplo, detenerse  ante un semáforo en donde hay un sentido de  responsabilidad individual y colectiva y  otra cosa  distinta es  cuando la obediencia se exige a costa de la dignidad, cuando se espera que alguien renuncie a su voz, a su autonomía o a sus derechos en nombre de un orden que lo reduce.. Ahí la obediencia deja de ser virtud.

Quizás por eso el conocimiento o el saber puede seguir incomodando tanto, porque leer, pensar y desarrollar criterio no garantiza que alguien se vuelva mejor que otros, pero sí hace más difícil aceptar ciertos discursos sin preguntarse de dónde vienen, a quién benefician y qué silencios necesitan para sostenerse y esto implica para muchos pérdida de control, y  a veces basta una pregunta nueva, una palabra distinta o una conversación inesperada para que una persona ya no pueda volver a mirar su vida de la misma manera.

Hace muy poco Isabel Allende, a través de una dinámica en redes sociales respondió a la pregunta, sobre qué les diría a las mujeres latinoamericanas que sienten que los fantasmas nos están alcanzando y la historia se está repitiendo… la escritora, llama a que las mujeres sigan adelante, que no perdamos la esperanza, invita a que nos mantengamos unidas, informadas y vigilantes pues hay que proteger lo que hasta ahora hemos alcanzado y que no debemos perder.

Yo me uno y replico esta invitación, por eso plasmo esta reflexión y vivencia pues sé que la memoria es frágil tanto la individual como la colectiva, por eso hay cosas que no debemos dar por sentado, la negación histórica de derechos de las mujeres no es cosa del pasado.

Ese día no pude seguir hablando con mi colega, pero la idea me siguió rondando varios días, asi que decidí hacer este post como respuesta, no con el ánimo de debatir sino porque considero muy triste y preocupante una posición de pensamiento asi,  en  tanto no hay una consideración por la  memoria; es triste porque es como  avanzar y retroceder…  la falta de reconocimiento frente al rol de la mujer en la historia creo que no debe ser simplificado, con esto no desconozco el rol de los hombres, pero ese será tema para otro día…

Por el momento, si leer me hace desobediente, lo seguiré haciendo y desobedecer será mi virtud.


 

Referencias: 

Post de Instagram: @entrelibros_ ¿Las mujeres que leen siguen siendo peligrosas?

Publicación Tik Tok: respuesta Isabel Allende


 

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